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MOGA, Eduardo
Nací en Barcelona en 1962. He residido en Estados Unidos y Gran Bretaña. Soy licenciado en Derecho y Filología Hispánica por la Universidad de Barcelona. Escribo y traduzco poesía, y practico la crítica literaria en medios como Letras Libres, Cuadernos Hispanoamericanos, Revista de Libros, Archipiélago, Quimera y Turia. También lo he hecho en Lateral, Ínsula, Guaraguao (especializada en literatura hispanoamericana) y El Pou de Lletres (en lengua catalana), entre otros. Mis poemas se han traducido al italiano y al portugués, y han sido recogidos en diversas antologías de España, Italia, Portugal, México y Venezuela. Soy codirector de la colección de poesía de DVD ediciones.
^ Subir-POESÍA: Ángel Mortal (1994).
De asuntos literarios (2004).
Los versos satíricos (2001).
Frank O'Hara, Poemas a la hora de comer (1997). Con prólogo.
^ Subir 1995: Premio Adonáis de Poesía por La luz oída. ^ Subir POESÍA PARA… Poesía para desnudar la palabra.
^ Subir(Poema I de Las horas y los labios) El silencio es un fragor interrumpido por los primeros insectos. Emerjo de él como si me hundiera en él, por las grietas del ojo, por el ojo no oído. La oscuridad, corroída por los minutos, se desangra en luz. Y el tiempo se descompone en nombres que son mi nombre, en ropa que desenredo como si abriera una herida, y a la que se adhiere la niebla de mis manos, en lugares donde entierro las manos y la inteligencia. (La noche es un niño que pide agua. La cera retiene al yo, que quiere huir por los intersticios de la conciencia. El pie, acaso, muere en la madera). Dejo, harapos lentos, los cuerpos en que he sido. De la piel cuelgan todavía trombos de otras claridades, caricias fronterizas, hechos que no son piel: transparencias que tienden a la realidad, que la reclaman como a una flor inválida entre las ondulaciones del pánico. Encuentro un verbo entre las sábanas: nació en el sueño y fue hostil, pero ahora, en la pira del día, quiere ingresar en el pecho umbrío y serpentear entre sus frondas. Han desaparecido, sin embargo, la compasión y las luciérnagas. Los otros que me habitan regresan a su ausencia. Mientras tanto, la electricidad oscurece el alma. El reloj, insomne, actúa. El cuerpo obedece al vacío, como la lluvia al beso invertebrado del espacio. El cuerpo siente el imán de los huesos, que lo arrastra a la humedad y a la conducta; siente la sed de los zapatos, los gestos abollados, el abrazo de la corbata y de la muerte. El cuerpo encuentra su forma. El falo renuncia a su forma. Los músculos sonríen y mienten. El ojo se disuelve en la mirada. (Y esta otra lentitud, su caracoleo inmóvil, que me decapita. Reconozco las caderas, cuyo grito era una casa, y su deshacerse en flor, y su crecer hacia el alud. Reconozco los preservativos, en la mesita de noche, junto a los poemas fracturados de Celan. Reconozco la vigilia de la piel, la piel que tañe, la succión dolorosa del amanecer, que ya es otro lugar. El coño, piel sumergida, transpiraba luz). Tras las persianas, la indiferencia. El césped es césped todavía. Las flores esperan, mientras suena la nada. Un vaho sólido se desprende de los árboles. Y se aceleran los cabellos, los hornos, los mecanismos, las vértebras enloquecidas que contengo, cuyo entrechocar se confunde con el de las puertas y los cazos, las palabras con que distraigo la agonía. Ya corre el agua del grifo. Me lavo los dientes. ¿También yo he de vivir, como esa paloma que atraviesa las micas del aire, bajo el sol oblicuo que dora en el espejo el rostro de que carezco?
Ha venido la muerte: era una furgoneta o un gorrión. Un sudor blanco ha encendido la piel donde se resquebrajaban las horas, la barba constelada de silencio, los cuchillos con que inscribía mi desaparición en la corteza del sueño. Le he chupado la lengua a la muerte: es áspera y morada. Mis papilas han tejido con sus papilas un cañamazo de sombras. He dejado en la mesa el lápiz, el cuerpo, lo que tuviese en los ojos, para abrazar con más fuerza su helado fulgor. Y he sentido miedo. La muerte comparece siempre que paseo, que mastico, que copulo, que llamo por teléfono, que muero. La muerte tiene treinta y ocho años y las manos con que hago la cama, con que me lavo los dientes, con que doy cuerda al reloj, con que ordeno mis libros, con que escribo, en este instante, las palabras del poema. La muerte me respira cuando hurgo en las ingles tibias y anochecidas. La muerte habla el idioma de las células y los planetas. La muerte vacía los espejos e interrumpe los huesos. La muerte, como una flecha disparada contra un agua infinita, atraviesa el bosque de las cosas y se clava en la irrealidad de las cosas. La muerte bautiza a los hijos y devora sus nombres. La muerte se llama Eduardo. Me acuesto. Oigo el oxígeno, que resuena como una chapa golpeada por las sombras. La respiración habla, como la piel, y ocupa el espacio en que me desvanezco. El corazón habla, también, y respira, flor encarcelada, con apenas esa pausa de silencio que sutura el redoble interminable, la sepultura interminable. Lo sé ahí, en la cripta de la carne, bajo la techumbre ósea, alimentando este extravío, el letargo que nos mueve, el gélido adentrarse en la noche del tiempo; me insta a seguir, pero me recuerda que me disipo. Y me asombra que exista, su luz inaccesible y mansa, su oscuridad febril, el ritmo que es sólo e insólitamente ritmo; y me asombra existir: este mecanismo triste, pero entregado, sin porqué, al mundo. Nacen, de pronto, los muertos: en la mesa del restaurante, en el escarabajo que se esconde entre las raíces de un árbol, en el perro que defeca junto a una tapia casi vencida, en el cielo. Y me miran, como si quisieran conducirme al fuego exhausto en el que reposan. Me mira el padre, cubierto por la hiedra de la fragilidad, cuyos ojos son pelotas de dolor que arriban, descabaladas, a mis manos. Me miran quienes confiaron en mí y fueron traicionados, quienes me vieron plantar la semilla de la ira y me entregaron después el fruto de la ira, quienes consumieron su amor en mis hogueras. Me miran hombres y mujeres convertidos en pájaros negros que atraviesan un aire negro. Me miro yo, desde el barro de mí, arrasado de perecimiento, carne en lo que carece de carne, corazón azotado por la conciencia, consumido, por el miedo, hasta la desencarnadura. Mis ojos serán también un destello lúgubre cuando otros caminen por estas calles que me impregnan de polvo y obscenidad, o cuando se pregunten por qué arde el sol o por qué nos baña el tiempo o por qué olvidamos a quienes hemos amado. Mis ojos, talados, mirarán a los vivos y harán más exactos su náusea y su latido. La muerte es el pájaro que se posa en la rama, la mano del niño sin el niño, las pupilas abrasadas por la nieve, el exilio del oro, el oro languideciendo en un turbión de labios y explanadas, lo incomprensible. La muerte es una rosa triste en el centro de la sangre. ^ SubirANDÚ, Fernando, "La música del mundo", Turia, núm. 45 ( junio de 1998), Teruel. ANDRÉS, Ramón, "Todos los silencios son uno", El Periódico de Cataluña, 22 de mayo de 1998, Barcelona. BARRERA, José Mª, "Ángel mortal", ABC, 2 de diciembre de 1994, Madrid. ENARD, Mathías, "La montaña hendida", Lateral, febrero 2003, Barcelona. GARCÍA DE LA CONCHA, Víctor, "La luz oída", ABC, 24 de junio de 1996, Madrid. LLERA, José Antonio, "El ansia y la visión", Riff Raff, núm. 24 (2ª época), invierno de 2004, Zaragoza. MARTÍN, Salustiano, "De la pasión y de su cadáver", Reseña, núm. 318 (julio-agosto de 2000), Madrid. MARTÍNEZ, Santiago, "Versos sin pelos en la lengua", La Vanguardia, 11 de septiembre de 2002, Barcelona. RICO, Manuel, "La oscura trastienda", El País, 17 de enero de 2004, Madrid. SÁNCHEZ SANTIAGO, Tomás, "Eduardo Moga o la conciencia de la exclusión", Cuadernos Hispanoamericanos, núm. 648 (junio de 2004), Madrid. ^ Subirwww.bassarai.com/pages/moga.html Poemas: palabravirtual.com/index.php?ir=crit.php&wid=1136&show=poemas&p=Eduardo+Moga Artículos: www.fractal.com.mx/F27moga.htm ^ Subir |
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